
40
años del Concilio:
Rejuvenecer el rostro
Vivir
el cielo en la tierra
El
MONAQUISMO es una etapa fundamental del crecimiento en calidad de la Iglesia
fundada por Cristo: una vida, la de los monjes, “dedicada
a recobrar la santidad propia y a servir a los hermanos”.
En los primeros siglos la Iglesia sufrió frecuentes y sangrientas
persecuciones. El cristianismo se presentaba, bajo muchos aspectos,
en oposición a las creencias y costumbres del tiempo, por tanto
fue visto como una amenaza. Es cierto, las persecuciones no fueron continuadas:
desde Octaviano a Constantino, sobre unos cincuenta emperadores,
solo
una decena persiguió a los cristianos. |
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El
martirio era la prueba de que el amor a Cristo y la fidelidad a su
doctrina constituían los valores supremos para los cristianos
que vivían con radicalidad su fe. La conversión de emperadores
y funcionarios permitió el ingreso de cristianos a las estructuras
cívicas facilitando la vida de la Iglesia, pero quitó tensión
y radicalidad a la vivencia de la fe. La huida del mundo se presentó entonces
como alternativa, como otro camino de perfección. Bajo ciertos
aspectos, se puede afirmar que el ideal de vida monástica nació como
reacción a los inevitables compromisos que la Iglesia en la época
de Constantino se resignó a aceptar. El mismo Evangelio narra
la historia del joven que buscaba la perfección y fue invitado
por Cristo a abandonar todo y todos para seguirlo; era rico y rehusó.
Mientras que los apóstoles, llamados, lo habían dejado
todo para seguir al Maestro. Así, muchísimas personas
de ayer y de hoy.
El Concilio Vaticano II constata que ya desde los primeros tiempos de la Iglesia
hubo quien quiso seguir a Cristo con mayor libertad e imitarlo más de
cerca. Muchos fundaron familias religiosas que la Iglesia acogió y aprobó.
Las personas que siguen los “consejos de Jesús” son llamadas “religiosos/as”.
Renuncian a formar una familia, a poseer “personalmente” bienes económicos,
a hacer su propia voluntad. Viven en obediencia, pobreza y castidad para el Reino
de Dios. Al comienzo, religiosos y vírgenes consagradas vivían
en medio de la comunidad cristiana, dedicándose a la oración y
al servicio de los pobres, de los enfermos, de los ancianos, de los huérfanos.
Entre el 250 y el 350, antes todavía que Constantino concediera la libertad
a los cristianos, algunos se retiraron en el desierto. Entre los primeros, San
Antonio Abad, egipcio, considerado el padre del monaquismo. Rompiendo todo lazo
con el mundo escogió la soledad y penetró en el desierto para una
vida de rigurosa penitencia, dividiendo su tiempo entre trabajo y oración.
Su ejemplo atrajo a muchos otros, de modo que la vida monástica pudo ofrecer
al pueblo cristiano un ideal de santidad que impugna, de alguna manera, el cristianismo
fácil que comenzaba ya a aparecer. Estos monjes vivían en parcial
aislamiento en sus propias celdas para meditar y trabajar, cada día hacían
un poco de oración en común y una vez a la semana se encontraban
para la celebración litúrgica.
Con el correr de los años los monjes pasaron de la vida solitaria a la
vida común. Nacieron los monasterios habitados por grupos numerosos que
advertían la exigencia de normas para regular la convivencia. He aquí entonces
a San Pacomio, quien preparó una “regla” que organizaba cada
detalle de la vida en común según el espíritu del Evangelio.
Su ejemplo fue seguido en todas partes. A la pobreza y a la castidad se añade
la obediencia voluntaria, no solamente al obispo sino también al superior
del monasterio o del convento. San Basilio es considerado por la Iglesia griega
como el legislador monástico por excelencia. Escribe las “Reglas
morales”, donde expone con simplicidad las exigencias de la vida cristiana.
La Regla de San Benito, por su lado, se afirmará en Occidente. En 539
este santo se estableció con sus discípulos en Montecasino, en
donde construyó la célebre abadía que dura hasta hoy. Su
Regla se distingue por la armonía entre actividad espiritual, trabajo
manual e intelectual, y está marcada por directrices claras que garantizan
la marcha ordenada de comunidades autosuficientes. Las abadías se vuelven
centros de espiritualidad y cultura. En ellas se reza y se trabaja (ora et labora),
se traducen, estudian y copian las obras de los sabios griegos y latinos, y muchos
monjes alcanzan las cumbres más altas de las disciplinas de su época:
filosofía, medicina, geometría, matemática. En las abadías
se descubren remedios para las enfermedades, se inventan instrumentos útiles,
se trabaja la tierra, se enseñan artes y oficios.
En todas las épocas Dios llama a seguirlo más de cerca. La invitación
al joven rico se repite constantemente. En todas las épocas han vivido
hombres y mujeres que han escuchado la voz de Dios y la han seguido, para vivir
la fe con radicalidad, coherencia y al servicio de los hermanos.
También
hoy Dios sigue llamando, y espera respuestas.
Pascual Chávez Villanueva |