Cuando los hijos nos disgustan
Bruno Ferrero

Todos los padres sienten, alguna vez, las ganas de mandar, a sus hijos, de paseo. Aunque sea difícil de admitir, frecuentemente se sienten desilusionados y desesperados por su comportamiento.

Antes de imaginarse que engendraron a un malvado, los padres deberían preguntarse si esas conductas no son más que una fase normal de su desarrollo.



Foto: BSCAM

Aunque algunas etapas resulten más conflictivas que otras, lo cierto es que todas reclaman nuevos aprendizajes y correcciones.
Teniéndolo presente, se evita caer en el pánico, porque el problema es temporal.


Expectativas no realistas

Las dificultades con los hijos e hijas nacen, a menudo, de expectativas no realistas. Los padres que se enfurecen porque su hijo, de dos años, no permanece sentado y quieto, a la mesa, después del primer plato; o que se fastidian porque se resiste a compartir sus juguetes con otros; o que quieren que, a los cuatro años, no interrumpa una conversación entre adultos; esos padres, pretenden lo imposible.

Es lo mismo que la mamá y el papá que expresan su desagrado porque la hija de trece años ‘vive’ masticando chicle, y se viste con horribles jeans desgastados en sitios estratégicos.

Nuestro hijo, ¿sabe claramente qué esperamos de él?

Con frecuencia los corregimos sin expresar claramente lo que queremos: “No hagas eso”, “Quédate quieto”, “Sal de ahí”. Los ‘educamos’ con indicaciones vagas como :”Pórtate bien”, “Sé un buen chico”, “Come con educación”. Los más grandes pueden comprender, pero los más pequeños necesitan instrucciones más concretas: “Habla con voz normal; no grites”, “Deja que tu amigo juegue con tu triciclo”, “Mastica con la boca cerrada”...

Es peligroso proyectarles defectos ajenos

Muchos padres detestan en sus hijos lo que detestan en sí mismos. Ven en los hijos sus mismos errores. Quienes siempre combatieron contra su propia pereza, su agresividad, o su timidez, son quienes se alarman en exceso si creen que sus hijos reproducen esos comportamientos.
También somos hostiles cuando muestran tendencias asociadas a un miembro de la familia poco apreciado: ‘Es como el tío Alfredo’; ‘Testarudo como tu padre’. Son mensajes que lo culpabilizan, injustamente. Todo hijo es un sujeto único, y si proyectamos sobre él nuestros sentimientos hacia otra persona, le negamos su propia identidad.

Prohibido etiquetar negativamente a los hijos e hijas

Una vez que se comienza a decir o a pensar ‘Es desobediente... irresponsable... un desastre en matemáticas...’ o ‘es una niña inútil... mentirosa’... se forma un terremoto en la armonía familiar y en el desarrollo de la identidad personal de los hijos e hijas. La etiqueta puede ser una descripción que se autorealiza.

Cuando el hijo sabe que sus papás lo consideran incompetente, agresivo, o cualquier otra cosa, comienza a pensar como tal, y obran en consecuencia: ‘¿Sabes?, Soy la oveja negra de la familia’.

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Esto no significa que no debemos ser críticos ante su conducta, pero una cosa es llamarle la atención por su conducta perezosa, desconsiderada (o lo que sea), y otra, muy distinta, es decirle que es perezoso, o grosero, o lo que se nos ocurra.

¿ Qué hacer?

Siempre es importante destacar su lado bueno. Podemos fácilmente caer en el error de ver sólo los defectos. Si somos críticos constantes y quisquillosos (de palabra o de mente) debemos esforzarnos, conscientemente, para invertir la tendencia. Una observación positiva tiene doble efecto: nos da el placer de decirles alguna cosa linda, en vez de estar siempre gritando y recriminando; y les hace sentir mejores y más dispuestos a colaborar con nosotros.
Es útil hablar con alguien que no se disguste con nuestros hijos (los abuelos están puestos como a propósito) y esforzarnos en ver las cosas desde su punto de vista.

Un ejercicio práctico es observarlos mientras duermen, (es difícil tener sentimientos negativos hacia un niño dormido). Y mientras tanto, pensar en su vida: qué cosas le motivan y le hacen sentir mejor y feliz, y cuáles le frustran y le perturban; y cómo mejorar la vida familiar en lo cotidiano. Siempre es conveniente programar actividades en común y compartir los propios sentimientos con los hijos e hijas: la jornada puede ser agotadora para todos y provoca comportamientos desagradables a todos.

Otro ejercicio útil es saludar siempre a los hijos con afecto. Es un pequeño pero eficaz modo de manifestarles la alegría de vivir con ellos.



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