Santa María
Domínica Mazzarello


María Mazzarello fue inscrita en la Pía Unión de las Hijas de María Santísima Inmaculada. La idea del grupo partió de la joven maestra del pueblo, Ángela Macagno. Por indicación de don Pestarino, ésta esbozó un esquema de reglamento, que fue enviado a un célebre párroco de Génova, don Frassinetti. En 1855, don Frassinetti compuso sobre aquel boceto el “Reglamento de la Pía Unión de María Inmaculada”, que se difundió rápidamente y con inesperado éxito por toda Italia.

Dos Pestarino funda la primera “Pía Unión” en Mornese el 9 de diciembre de 1855. Empieza con cinco muchachas. La más joven es María Mazzarello, de dieciocho años.

María tiene una amiga con la que no guarda ningún secreto. Se llama Petronila, y al igual que ella, es Hija de la Inmaculada. Lleva el mismo apellido, Mazzarello. Un día de 1861, María le dice:

-He decidido aprender el oficio de modista. Cuando le sepa bien, abriré un tallercito y enseñaré a coser a las chicas pobres. ¿A ti te gustaría coser conmigo? Estaríamos juntas, viviríamos como en familia.

Pasa un año. María y Petronila montan un tallercito de costura en el extremo del pueblo. Unas diez niñas van a aprender a coser. Pero hay una novedad que lo va a cambiar todo.

Llega el invierno de 1863. Acaban de salir las niñas para sus casas, defendiéndose de la nieve con sus zuecos y sus grandes paraguas, cuando María y Petronila oyen llamar a la puerta. Aparece un vendedor ambulante que se ha quedado viudo con dos niñas. Pide que las alberguen día y noche, porque no puede tenerlas en su casa y arreglárselas él solo. Allí están las chiquillas, con sus cuatro ojos asustados. La mayor tiene ocho años, la pequeña seis. Petronila toma de la mano a la mayor, María levanta en brazos a la pequeña. Encienden una fogata en la chimenea.

De este modo, sin ningún “plan preestablecido”, el taller de costura se transforma desde aquella noche en casita para niñas pobres. María y Petronila van a llamar a las puertas vecinas, y consiguen que les presten dos camitas y un poco de harina para hacer la polenta.

Apenas se corre la voz por Mornese de que las Mazzarello “toman en su casa niñas huérfanas”, acuden muchos a llevar un haz de leña, un par de mantas, medio saco de harina. Pero llevan también otras niñas, que necesitan casa. Al poco tiempo ya tienen siete.

Antes de comenzar el trabajo en el taller, las niñas recitan el avemaría. Cuando suena la campana de la torre, María comenta: “Una hora menos en este mundo, una hora más cerca del Paraíso”. Y quiere que sus costureras trabajen para el Señor: “Cada puntada, un acto de amor de Dios”.

También los domingo quiere María “hacer el bien a todas las muchachas del pueblo”. Nace de este modo una especie de oratorio. Durante los días de fiesta, las dos amigas recogen a las muchachas, las acompañan a la Iglesia y las mantienen alegres con juegos y paseos.

Don Domingo Pestarino había nacido en Mornese, y a los veintidós años se había ordenado sacerdote en el seminario de Génova. Se quedó a trabajar en el Seminario durante algunos años, pero a los treinta volvió a su pueblo para ayudar al anciano párroco. Se presentó a sus paisanos diciéndoles desde el púlpito: “Busco trabajo. No en sus viñas, sino aquí en la iglesia, en la viña del Señor. Me han ofrecido varios puestos, pero quiero quedarme entre ustedes, si me dan el trabajo que busco”.

Se encontró con Don Bosco en un tren, mientras ambos viajaban de Acqui a Alessandria. Don Bosco le invitó a que le visitara en el Oratorio de Valdocco.

Entusiasmó al “curita” ver tantos muchachos y tan alegres, en una escuela de trabajo y de fe. Y le dijo a Don Bosco: “Me quedo con usted”. Don Bosco estuvo de acuerdo con él en que se hiciera Salesiano (de hecho, al año siguiente hacía don Pestarino la profesión religiosa), pero quiso que siguiera en Mornese, donde había cosas muy importantes que necesitaban de él. Desde entonces don Pestarino asistía a las reuniones de los directores salesianos.

En Mornese hay, entre tanto, una novedad. Otras dos Hijas de la Inmaculada piden a María y Petronila “hacer lo mismo que ellas”. Preguntan a don Pestarino, el cual responde: “¿Y por qué no? Para dos tienen ya tanto que hacer que no acaban nunca”. Así se forma una especie de comunidad: las cuatro Hijas, como las llaman en el pueblo, enseñan a coser a las niñas y hacen de mamás de las siete chiquillas que viven día y noche en su compañía.

En 1864 llega Don Bosco a Mornese con sus muchachos, durante uno de los paseos otoñales. Es de noche. La gente, a la que se han anticipado el párroco don Valle y el sacerdote don Pestarino, está esperando. Suena la banda, muchos se arrodillan al paso de Don Bosco implorando su bendición. Los jóvenes y la gente entran en la iglesia, se da la bendición con el Santísimo, y todo el mundo a cenar.
Después, los muchachos de Don Bosco, animados por los aplausos, dan un breve concierto de marchas y música alegre. En primera fila esta una muchacha de veintisiete años, María Mazzarello. Al acabar, Don Bosco dice unas palabras: “Todos estamos cansados, y mis muchachos tienen ganas de echarse un buen sueños. Mañana hablaremos más despacio”.

Al día siguiente, durante la mañana, don Pestarino presenta a Don Bosco a las “Hijas de la Inmaculada”. Entre ellas está María Mazzarello. Don Bosco queda impresionado por la bondad y laboriosidad de aquellas muchachas. Habla un rato con ellas, animándolas a ser constantes en la vida que han elegido y en la práctica de la virtud.

Don Bosco se queda en Mornese cinco días. María Mazzarello logra oír cada noche “las buenas noches” que da a sus jóvenes. Más de uno se lo reprocha como si hubiera en ello algo inconveniente. Y ella responde “Don Bosco es un santo, y yo lo siento”.

Al año siguiente, las Hijas de María Santísima Inmaculada se dividen en dos grupos. Las que deciden vivir en comunidad juntamente con María y Petronila las hospeda don Pestarino en una casa mejor, junto a la parroquia. Se llaman Hijas de la Inmaculada. Las otras que, como Angelina Maccagno, prefieren permanecer con sus familias, se llaman Nuevas Ursulinas.

Los de Mornese están construyendo en el barrio de Borgo Alto un edificio para escuela de sus muchachos (pocas muchachas asisten en aquel tiempo a la escuela). Don Bosco ha prometido que, apenas esté acabado, les enviará a sus salesianos. Todo el pueblo colabora en los trabajos, con dinero y con prestaciones gratuitas.

1867. La capilla del colegio está acabada. Por diciembre va Don Bosco a celebrar en ella la primera misa. Invoca “las bendiciones del Señor a favor del colegio naciente y de todo el pueblo de Mornese”. Se queda cuatro días allí, y da una conferencia especial al pequeño grupo de las Hijas de la Inmaculada.

Desde hace dos años, Don Bosco está pensando seriamente en fundar una familia de religiosas que haga con las muchachas el mismo bien que hacen los salesianos con los muchachos. En el 1869 se da prisa en la fundación de esta su “segunda familia”. Ha puesto sus ojos en las sencillas “Hijas” de Mornese, y sin ningún ruido envía a María y a Petronila un cuadernillo “escrito de su puño y letra, que contiene un horario y un breve reglamento, para que inicien, juntamente con sus niñas, una vida más regular” (Mbe X, 541). Aquel cuadernillo se perdió, pero sor Petronila recordaba que en él Don Bosco les daba consejos muy sencillos: “Procuren vivir en la presencia de Dios. Sean dulces, pacientes y amables. Cuiden atentamente a las niñas, ténganlas ocupadas. Ayúdenlas a crecer en una vida sencilla de amistad con el Señor, franca y espontánea” (Mb X, 542).

En 1870 Don Bosco va a pasar tres días en Mornese: para respirar un poco y, sobre todo, para observar de cerca el modo de vivir de las “Hijas”. Quiere ver el efecto del “cuadernito”. Queda plenamente satisfecho.

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