
Mensajeros de alegres anuncios
“Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia
la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice
a Sión Ya reina tu Dios”(Is 52,7). La bella imagen de Isaías
describe a los mensajeros de Jesús que comunican la más
hermosa noticia jamás escuchada.
Jesús de Nazaret, fundada la Iglesia, le confió los tesoros
de la Gracia para que la pusiera a disposición de los hombres y
de las mujeres de todos los tiempos y lugares. La Iglesia es así evangelizadora
por vocación. Ésta es su misión. El Maestro, en efecto,
le ha enviado su Espíritu para que pudiera guiarla por los recovecos
de la historia y le ha donado su Madre para que le enseñara a educarnos
como a hijos de Dios y discípulos del Hijo. Jesús y María
no se
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encuentran
entre nosotros, sino junto al Padre. Dicen los “Hechos” que,
antes de subir al Cielo, Jesús quiso confiar la Iglesia
naciente a los Apóstoles, nombrándolos sus representantes
y concediéndoles autoridad y poderes para orientar y dirigir
al nuevo pueblo de Dios.
A los Apóstoles Jesús ha entregado su misión y les ha otorgado
su autoridad para el servicio de la Iglesia: la Palabra que, a través
de la evangelización y la catequesis, nos abre al seguimiento de Jesús;
el Bautismo, que nos injerta en su Cuerpo y nos hace miembros del nuevo pueblo;
la Eucaristía, que establece nuestra comunión más íntima
con Cristo, pan de vida y bebida de salvación; el Perdón, mediante
el cual experimentamos la misericordia de Dios. Finalmente, los autoriza a transmitir
estos poderes a los sucesores, gracias a la unción del Espíritu
y la imposición de las manos. En resumen, Jesús asigna a los apóstoles
su misma misión: animar, instruir y gobernar a la Iglesia, alimentarla
con la Palabra, santificarla con los sacramentos. Ahora bien: la Iglesia, católica
por naturaleza y vocación – es decir, abierta a los hombres y mujeres
de todas las culturas, pueblos y naciones – se realiza en las Iglesias
particulares. Por lo tanto, Pablo y los demás apóstoles, al fundar
nuevas comunidades, nombraban a quienes, ejerciendo el servicio de la autoridad,
pudiera guiarlas y confirmarlas en la fe. El Nuevo Testamento los llama presbíteros
y “epíscopos”. Esa cadena no se ha interrumpido jamás.
San Ireneo, obispo de Lión, nos ha transmitido las listas de los obispos
de Roma y de Esmirna, que se remontan a san Pedro y san Pablo. En la basílica
de San Pablo extra muros se encuentra una galería de medallones
con todos los 267 Sumos Pontífices, desde san Pedro hasta el actual.
La misma cosa se puede decir de cada diócesis que conserva cuidadosamente
la lista de sus propios obispos para indicar la sucesión apostólica,
partiendo del fundador. Naturalmente se exigía la santidad y la
coherencia con la fe que profesaban y la Palabra que predicaban. Muchos
atestiguaron la fe hasta
el martirio. En una de sus cartas pastorales san Pablo recordaba a Tito: “El
motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo
que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo
te ordené.
El candidato debe
ser irreprochable… porque el epíscopo es como
un administrador de Dios” (Tt 1,5-7).

Podemos
por lo tanto afirmar que, ya desde el comienzo, se ha instaurado
la transmisión de responsabilidad
y poderes, de Jesús a los apóstoles, de éstos a los
sucesores. Para los primeros cristianos obedecer a los apóstoles
equivalía
a obedecer a Cristo. El papel al cual los Apóstoles han dedicado
tiempo y energías ha sido predicar el Evangelio “hasta los
confines del mundo”. Ésta sigue siendo la única verdadera
misión
de la Iglesia, para que todos los hombres lleguen al conocimiento del plan
de Dios revelado en Jesús. La extraordinaria noticia es: somos hijos
de Dios y como hijos de Dios podemos y debemos vivir. La misión
de anunciar y atestiguar el Evangelio no es exclusiva de obispos, curas
o frailes, y ni siquiera
de los laicos más comprometidos. La dimensión misionera corresponde
a todo bautizado, porque todo cristiano está llamado a ser “sal
de la tierra” y “luz del mundo”, esperanza y buena nueva
para todos. Además de los apóstoles, la Iglesia cuenta entre
sus evangelizadores con obispos y sacerdotes, religiosos y religiosas,
y muchísimos laicos
casados o solteros que consagran toda o parte de su vida al anuncio explícito
del Evangelio. Naturalmente entre los evangelizadores ocupan un primer
plano papás y catequistas.
Queridos amigos lectores, es realmente consolador experimentar la fidelidad
del Señor Jesús que no nos ha dejado huérfanos o sin una misión
por realizar, sino que nos ha dado su Espíritu y nos ha hecho evangelizadores,
para que a todos pueda llegar la grande noticia del amor de Dios que salva a
través de la muerte y resurrección de Jesús. Mi augurio
es que el Señor nos conceda la fuerza de amor que otorgó a Pablo
de Tarso cuando lo aferró en el camino de Damasco, de tal modo que desde
entonces ya no quiso conocer sino a Cristo y, olvidado de sí mismo y de
su pasado, se lanzó hacia el futuro con el único proyecto de evangelizar
a las gentes. Fue coherente en forma tal que, aún encarcelado y bajo custodia
militar, gastó sus dos últimos años de vida en Roma “anunciando
el Reino y enseñando lo referente al Señor Jesucristo con toda
valentía, sin estorbo alguno” (Hch 28,31).
Pascual Chávez Villanueva |