Sanación en la Santa Comunión |
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Creo que muchas veces nos acercamos a la comunión como el gentío
que apretujaba a Jesús, tratando de conseguir alguna gracia. Pero,
por su falta de fe, la mayoría se quedaba sólo en novelería.
Lo importante es acercarse a Jesús como la hemorroísa. Esa
fe, que mueve montañas, no la podemos fabricar nosotros mismos con
todos nuestros libros de teología ni con la Biblia en la mano. Es
un don de Dios. Ante la triste constatación de nuestra débil
fe, no nos queda sino imitar al padre del muchacho epiléptico, en
el Evangelio. Casi llorando le dijo a Jesús “Señor,
si tú puedes hacer algo...” Jesús le respondió: “Todo
es posible para el que cree” (Mc 9,,23). Aquel padre afligido hizo
un examen de conciencia y comprobó que su fe era muy poca; por eso
dijo apenado: “Señor, yo creo, pero ayuda mi poca fe” (Mc
9,24). Al Señor le bastó esa oración sincera; le concedió la
sanación de su hijo. Al Señor le agrada que nos presentemos
a él sin máscaras. Como somos. Que no confiemos en nuestro
poder, sino en su misericordia. |
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| Vayan
en paz Después de la muerte de Jesús, los apóstoles se encontraban encerrados en el cenáculo, lugar en donde se había realizado la ultima Cena. Estaban temblando de miedo, con un gran complejo de culpa por haber negado a Jesús y llenos de angustia. Estaban enfermos del alma y del cuerpo. De pronto, Jesús resucitado se les apareció. Lo primero que les dijo fue: “Shalóm”, “La paz con ustedes”. Al principio se asustaron; creyeron que era un fantasma. Jesús los tranquilizó. Inmediatamente les mostró las manos y el costado (Jn 20,20). Por medio de este gesto, Jesús los invitaba a aceptar el valor de su sangre derramada en la cruz. La paz que les daba se debía al valor de su sangre derramada por ellos en la cruz. Los apóstoles, de la angustia, del complejo de culpa, pasaron a cantar aleluya con todo el gozo de su alma. Les llegó la salud del alma y del cuerpo. |
![]() Foto: BSCAM |
| A
la Misa llegamos el domingo agobiados por el peso del “duro cotidiano” de
la vida. Nos sentimos manchados por nuestras flaquezas humanas, por nuestras
infidelidades. Durante la Misa, Jesús nos va sanando con el valor
de su
sangre. La Misa es la “actualización” por la fe del sacrificio
de la cruz. Por eso procuramos vivir lo que decía san Pablo: “Cada
vez que comen de este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor
hasta que vuelva”. Es durante la comunión, de manera especial, que
Jesús nos vuelve a aplicar el valor de su sangre, y nos repite: “Shalóm”,
que significa: “Reciban mi paz”, que es salud de alma y cuerpo. Purificación.
Restauración. Fortalecimiento contra el mal. Después de que Jesús partió el pan a los discípulos de Emaús, ellos comprobaron que su angustia, su frustración, su cólera interna y externa se había evaporado. En vez de seguir huyendo hacia Emaús, regresaron a Jerusalén para compartir con los demás el Evangelio, la buena noticia de su encuentro personal con Jesús resucitado. Eso significa: “Pueden ir en paz”, el saludo con el que el sacerdote concluye la santa Misa. Propiamente quiere decir: “Como los discípulos de Emaús, después de haber sido bendecidos y sanados, vayan a llevar su paz, su gozo a todos los demás. Vayan a evangelizar”. Todos los domingos, acudimos a la casa del Señor. Nos sentimos manchados por nuestras debilidades humanas; nos sentimos agobiados por preocupaciones y problemas de toda índole. Como en la última Cena Jesús lavó los pies a sus apóstoles, así ahora durante la Misa Jesús nos lava los pies, sana nuestras heridas; la sangre de Cristo en la comunión nos limpia de todo pecado, que no es grave –pecado venial. La santa comunión es eminentemente curativa, cuando se recibe con fe. Todos los domingos acudimos a la Misa como a nuestra gran piscina de Betesda. Sabemos que no hay acto de culto en que se muevan más las aguas sanadoras de Jesús, que nos limpian y nos proporcionan salud de alma y cuerpo. A veces tenemos mucha fe en pastillas, jarabes e inyecciones. Nos falta la fe en la medicina más efectiva que Jesús nos ha entregado, su Cuerpo y su Sangre que, por la fe, nos actualizan el valor de sus llagas sanadoras. “Por sus llagas hemos sido sanados”. En la Misa, en nuestra piscina de Betesda, todos los domingos, Jesús se nos vuelve a acercar y nos pregunta: “¿Quieres ser sanado?”(Jn 5,6). Nosotros, por nuestra falta de fe, como el enfermo de la piscina de Betesda, le respondemos: “Señor, no tengo quién me meta en la piscina” (Jn 5,7). El Señor nos responde: “No te pregunto si tienes quién te empuje a la piscina. Sólo te pregunto si crees que yo, en este momento, te puedo sanar”. Es por todo esto que afirmamos con gozo que la santa Misa es nuestra piscina de Betesda en la que el Señor se nos acerca para sanarnos. |
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