Sanación en la Santa Comunión
Hugo Estrada

Una mujer, que sufría de hemorragias desde hacia 12 años, al ver que no se podía acercar a Jesús para hablarle y pedirle su sanación, pensó únicamente en tocar la punta de su manto con toda la fe de su alma. El Evangelio narra que quedó sanada instantáneamente. Muchos eran los que apretujaban al Señor buscando ser sanados; pero, en esa oportunidad, sólo la mujer de las hemorragias fue sanada. Sólo ella se dejó tocar por la fe en Jesús. Muchos tocaban a Jesús, pero no tenían la fe necesaria para ser tocados por la bendición del Señor.

La comunión es el momento más apropiado para la sanación del alma o del cuerpo. Fátima, Lourdes son testimonios fehacientes de los milagros de sanación que se obran en el momento de la comunión, de la procesión con el Santísimo Sacramento. A los que habían sido mordidos por las serpientes venenosas del desierto, para ser sanados, se les pedía que vieran una serpiente de bronce, colocada en lo alto de un palo. En la comunión no vamos a ver a Jesús en lo alto de la cruz; vamos a ser tocados por él. Vamos a tratar de dejarnos tocar por la fe. Hemos sido mordidos por tantas enfermedades físicas, psicológicas y espirituales. Acudimos a Jesús, como la mujer hemorroísa, tratando de ser tocados por él.


Creo que muchas veces nos acercamos a la comunión como el gentío que apretujaba a Jesús, tratando de conseguir alguna gracia. Pero, por su falta de fe, la mayoría se quedaba sólo en novelería. Lo importante es acercarse a Jesús como la hemorroísa. Esa fe, que mueve montañas, no la podemos fabricar nosotros mismos con todos nuestros libros de teología ni con la Biblia en la mano. Es un don de Dios. Ante la triste constatación de nuestra débil fe, no nos queda sino imitar al padre del muchacho epiléptico, en el Evangelio. Casi llorando le dijo a Jesús “Señor, si tú puedes hacer algo...” Jesús le respondió: “Todo es posible para el que cree” (Mc 9,,23). Aquel padre afligido hizo un examen de conciencia y comprobó que su fe era muy poca; por eso dijo apenado: “Señor, yo creo, pero ayuda mi poca fe” (Mc 9,24). Al Señor le bastó esa oración sincera; le concedió la sanación de su hijo. Al Señor le agrada que nos presentemos a él sin máscaras. Como somos. Que no confiemos en nuestro poder, sino en su misericordia.

Momento de liberación

La Carta a los Efesios nos revela que vivimos en un mundo poblado de presencias diabólicas, que nos circundan y quieren derrotarnos (Ef 6, 12). Muchas personas se han acercado, más de la cuenta, al mal; le han abierto las puertas de su vida por medio del pecado, del espiritismo, de la adivinación, del mundanismo. La comunión, el contacto con el Cuerpo y la Sangre del Señor, es poderosísimo para ahuyentar esas malas presencias. Los que tienen experiencia de exorcismos y liberación, dan testimonio del poder de la Santa Comunión contra las fuerzas del mal. En la sinagoga bastó que Jesús se hiciera presente para que un mal espíritu se agitara dentro de un individuo y para que luego saliera dando gritos (Mc 1,25). En la comunión, Jesús está presente de manera extraordinaria,. No hay fuerza del mal que pueda resistirlo. Razón tenía san Ignacio de Antioquia (+ año 110), que conoció a alguno de los apóstoles, cuando escribió: “Pongan empeño en reunirse con frecuencia para celebrar la Eucaristía de Dios y tributarle gloria. Porque, cuando apretadamente se congregan en uno, se derriban las fortalezas de Satanás, y por la concordia de su fe, se destruye la ruina que les procura”.

El gran genio de la humanidad, santo Tomás de Aquino, por su parte, también anotó: “Los que comulgan son leones que soplan fuego, temibles a los demonios”. Fue san Pedro el que describió al demonio como un “león rugiente” (1 Ped 5,8), que anda viendo a quién devorar: quiere causarnos mal, apartarnos de Dios. Cuando nosotros recibimos con fe la santa Comunión, nos volvemos leones que soplan fuego, el fuego del Espíritu de Jesús que está dentro de nosotros.

La liberación de presencias maléficas es parte de nuestra sanación. Esas malas presencias quieren impedir que Dios nos toque. El poder del fuego del Señor ahuyenta y destruye esas malas presencias. La santa Comunión, sin lugar a duda, es sobremanera libertadora. El Espíritu del mal no puede resistir la presencia de Jesús en nosotros.

Vayan en paz

Después de la muerte de Jesús, los apóstoles se encontraban encerrados en el cenáculo, lugar en donde se había realizado la ultima Cena. Estaban temblando de miedo, con un gran complejo de culpa por haber negado a Jesús y llenos de angustia. Estaban enfermos del alma y del cuerpo. De pronto, Jesús resucitado se les apareció. Lo primero que les dijo fue: “Shalóm”, “La paz con ustedes”. Al principio se asustaron; creyeron que era un fantasma. Jesús los tranquilizó.

Inmediatamente les mostró las manos y el costado (Jn 20,20). Por medio de este gesto, Jesús los invitaba a aceptar el valor de su sangre derramada en la cruz. La paz que les daba se debía al valor de su sangre derramada por ellos en la cruz. Los apóstoles, de la angustia, del complejo de culpa, pasaron a cantar aleluya con todo el gozo de su alma. Les llegó la salud del alma y del cuerpo.


Foto: BSCAM
A la Misa llegamos el domingo agobiados por el peso del “duro cotidiano” de la vida. Nos sentimos manchados por nuestras flaquezas humanas, por nuestras infidelidades. Durante la Misa, Jesús nos va sanando con el valor de su sangre. La Misa es la “actualización” por la fe del sacrificio de la cruz. Por eso procuramos vivir lo que decía san Pablo: “Cada vez que comen de este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que vuelva”. Es durante la comunión, de manera especial, que Jesús nos vuelve a aplicar el valor de su sangre, y nos repite: “Shalóm”, que significa: “Reciban mi paz”, que es salud de alma y cuerpo. Purificación. Restauración. Fortalecimiento contra el mal.

Después de que Jesús partió el pan a los discípulos de Emaús, ellos comprobaron que su angustia, su frustración, su cólera interna y externa se había evaporado. En vez de seguir huyendo hacia Emaús, regresaron a Jerusalén para compartir con los demás el Evangelio, la buena noticia de su encuentro personal con Jesús resucitado. Eso significa: “Pueden ir en paz”, el saludo con el que el sacerdote concluye la santa Misa. Propiamente quiere decir: “Como los discípulos de Emaús, después de haber sido bendecidos y sanados, vayan a llevar su paz, su gozo a todos los demás. Vayan a evangelizar”.

Todos los domingos, acudimos a la casa del Señor. Nos sentimos manchados por nuestras debilidades humanas; nos sentimos agobiados por preocupaciones y problemas de toda índole. Como en la última Cena Jesús lavó los pies a sus apóstoles, así ahora durante la Misa Jesús nos lava los pies, sana nuestras heridas; la sangre de Cristo en la comunión nos limpia de todo pecado, que no es grave –pecado venial. La santa comunión es eminentemente curativa, cuando se recibe con fe.

Todos los domingos acudimos a la Misa como a nuestra gran piscina de Betesda. Sabemos que no hay acto de culto en que se muevan más las aguas sanadoras de Jesús, que nos limpian y nos proporcionan salud de alma y cuerpo. A veces tenemos mucha fe en pastillas, jarabes e inyecciones. Nos falta la fe en la medicina más efectiva que Jesús nos ha entregado, su Cuerpo y su Sangre que, por la fe, nos actualizan el valor de sus llagas sanadoras. “Por sus llagas hemos sido sanados”. En la Misa, en nuestra piscina de Betesda, todos los domingos, Jesús se nos vuelve a acercar y nos pregunta: “¿Quieres ser sanado?”(Jn 5,6). Nosotros, por nuestra falta de fe, como el enfermo de la piscina de Betesda, le respondemos: “Señor, no tengo quién me meta en la piscina” (Jn 5,7). El Señor nos responde: “No te pregunto si tienes quién te empuje a la piscina.

Sólo te pregunto si crees que yo, en este momento, te puedo sanar”. Es por todo esto que afirmamos con gozo que la santa Misa es nuestra piscina de Betesda en la que el Señor se nos acerca para sanarnos.


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