
No
nací educadora:
la vocación salesiana me hizo educadora
Elizabeth Sánchez López,
FMA *
La vida pasa pronto…”es como un soplo”, dice el Salmista. Así,
41 años siendo educadora de jóvenes, también pasaron rápido,
tan rápido y en tan densos trabajos, actividades y responsabilidades,
que nunca tuve tiempo para descifrar cuáles requisitos tenía para
esta vocación.
Sin embargo, mi vida en las aulas, mi entrega a enseñar no correspondieron
a disposiciones casi genéticas para la educación, como sucede con
otras personas: en mi familia han sido otras las profesiones escogidas; la docencia
no estaba en las preferencias de mis padres y hermanos.
A mí, Dios me tenía reservado el inestimable don de la vocación
salesiana y, a través de ella, me señaló un específico
camino para realizarla, y que yo acogí con entusiasmo: ser educadora de
muchas adolescentes y jóvenes. De esta forma Jesús no me escogió porque
podía educar sino, más bien, me preparó porque me había
escogido. El no escoge a los preparados, sino que prepara a los escogidos.
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Foto: BSCAM
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Fueron muchos y sacrificados mis años de estudio universitario.
Después de la Primaria y Bachillerato en el Colegio María
Auxiliadora, durante los 6 años en la Universidad de Costa Rica
en la carrera de Filología y 4 de estudio en el Teologado .Salesiano.
Tuve que llevar, en forma simultánea, estudio y trabajo: por la
mañana Profesora y por la tarde o noche discípula en la Universidad.
Estos estudios me proporcionaron una amplia y segura cultura con la que
pude alimentar las mentes de mis alumnas. Me fui volviendo hábil
en la enseñanza de la Lengua Española y la Catequesis. Sin
embargo, mi verdadera escuela, el campo real de mi graduación fue
el contacto diario, día a día, con las jóvenes que,
año con año, la Providencia de Dios me confió.
La enseñanza del Español y la Catequesis a muchachas de 15
y 17 años me ayudó a asomarme a innumerables corazones juveniles,
a sondear sus cualidades y riquezas para sacarlas a flote, a intuir el
camino que podía hacer el mal en ellas y prevenirlo, a escrutar
su futuro y darles alas para que lo pudieran alcanzar.
A través de la educación procuré ser artista: manejar
el pincel que pinta la vida de una joven y utilizar el cincel que lima
sus asperezas, es todo un arte… difícil arte que, en muchas
ocasiones, no tiene nada de populista, no coincide con la búsqueda
de la propia imagen, es un arte que produce frutos a largo plazo, pero
los produce.
Todavía recuerdo mis miedos y titubeos cuando, el primer año
de Profesión Religiosa, sin experiencia pedagógica y sin
estudios universitarios, con 20 inexpertos años de edad, la obediencia
me pidió hacerme cargo de asistenta de 130 preadolescentes. Nunca
dominé del todo la impetuosidad de las más inquietas, que
se aprovechaban de mi inocencia para hacerme verdaderas travesuras Pero
tampoco olvidaré los ratos amables que he compartido con ellas,
sus risas de pícaras cuando hoy día, exitosas profesionales,
madres de familia orgullosas de su hogar y cariñosas exalumnas,
en reuniones de grandes aniversarios, me relatan las travesuras que yo
no logré descubrir. Pero salen a luz, también, las enseñanzas
que nunca olvidaron. ¡Bendito sea Dios que saca siempre el bien y
comprende nuestras debilidades!
Me
pregunto hoy: ¿valió la
pena haber dedicado 41 años
a la educación?, ¿me siento satisfecha de haber gastado 8
y, en algunas veces, 12 horas del día, compartiendo con preadolescentes,
colaborando en construir el futuro de estas jóvenes?...
Sí valió y vale la pena porque, para mí, fue la forma
de evangelización a la que Dios y Don Bosco me dieron oportunidad
de colaborar.
En mis casi 48 años de Vida Religiosa he tenido que combatir muchos
combates, he tenido que saltar muchos obstáculos, la lucha ha
sido diaria pero, al final de la carrera, como dice San Pablo, se gana
la corona.
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