alegria «Así pues, ustedes ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19).



Estamos llamados a la santidad, que es una vida plena y lograda, según el proyecto de Dios y en total comunión con Él y con los hermanos.

No es una perfección reservada a unos pocos. Es una llamada para todos. Algo infinitamente precioso, lo que no significa algo raro o extraño: es vocación común a todos los creyentes, hermoso ofrecimiento de Dios a cada hombre y a cada mujer.

No es un camino de falsa espiritualidad, que aleja de la plenitud de la vida. Es plenitud de la naturaleza humana, perfeccionada por la gracia. La vida en abundancia, como la promete Jesús.

No es una característica que impone uniformidad, que banaliza, o que expresa rigidez. Es respuesta al soplo siempre nuevo del Espíritu, quien crea comunión valorizando las diferencias, puesto que es el Espíritu Santo que se halla en el origen de los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la humanidad en camino.

No es solamente capacidad de rechazar el mal y de adherir al bien. Es la actitud constante, disponible y gozosa de vivir bien el bien.

No es una meta que se alcanza en un instante. Es un camino progresivo, según la paciencia y la benevolencia de Dios, que interpela la libertad y el compromiso personal.
No es una actitud de exclusión de aquel que es diferente. Es la vida según las bienaventuranzas, para llegar a ser sal y luz del mundo. Es camino de profunda humanización, como lo es toda auténtica experiencia espiritual.

Llegar a ser santos no exigirá alienarse de sí mismo o alejarse de los propios hermanos, sino más bien vivir una vida intensa con decisión y riqueza de humanidad, y una experiencia de comunión en las relaciones con los otros.

 

 

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