Mi pensamiento esta con los jovenesEl primer Oratorio sigue siendo la casa de Don Bosco, en la que piensa con afecto vehemente y con nostalgia cuando está lejos. Escribe a Don Rua: “Aunque aquí, en Roma, no me ocupe únicamente de la casa y de nuestros jóvenes, sin embargo, mi pensamiento vuela siempre a donde tengo mi tesoro en Jesucristo, mis queridos hijos del oratorio”.

Conociendo a DB 1“Quiero firmemente ayudar a la juventud más pobre y abandonada de esta ciudad, y especialmente de este barrio, pero necesito que usted me ayude con su apoyo económico”, así escribe Don Bosco al alcalde de Turín el 12 de diciembre de 1857. El dinero es siempre un problema: todos estos chicos no pueden ser atendidos solo con Padrenuestros, siempre hay que pagar “la factura del panadero”.

La comida está atendida todos los días por mamá MargaritaPara los muchachos, nacen en otoño de 1853 los dos primeros talleres de Valdocco: primero el de los zapateros, después otro para los sastres. Don Bosco quiere entretener en el espacio protegido del Oratorio a aquellos jóvenes más en peligro, ocupándose directamente de su aprendizaje.

conociendoDon Bosco ha cambiado también la didáctica religiosa: no solo conferencias y lecciones, sino diálogos y narraciones; es decir, la representación de la realidad antes que su transmisión mediante conceptos.

conociendo a DB 2Son realmente enormes las necesidades de Don Bosco: Valdocco sigue creciendo. A los talleres de sastrería, zapatería y encuadernación se une en 1856 el de los artesanos de la madera. Entre 1855 y 1860 nacen también cinco clases de secundaria para los internos. El clérigo Juan Cagliero enseña música.

Nino MussioLos oratorios ya existían, también en Turín, Allí Don Juan Cocchi, sacerdote dinámico y emprendedor, había fundado el llamado del Ángel Custodio, en el barrio de Vanchiglia.

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El 25 de octubre de 1835 Juan Bosco viste por primera vez la larga túnica negra que ya no abandonará más. Será su uniforme para siempre. Pero viste también otro hábito, invisible a los ojos, como explicará: “Desde aquel día tenía que ocuparme de mí mismo. La vida que había llevado hasta entonces debía ser reformada radicalmente”.

Se da nuevas reglas, algunos propósitos a realizar cada día para ser digno de esa túnica: evitar ciertos locales públicos y las exhibiciones de prestidigitadores y saltimbanquis; practicar el recogimiento y la templanza; hacer solo lecturas religiosas, hacer meditación y lectura espiritual cada día; contar ejemplos edificantes. Un programa exigente, resumido en las recomendaciones de la madre, quien le recuerda que el verdadero hábito del sacerdote es la práctica de la virtud. Con este viático, el campesino ya veinteañero de I Becchi se encamina al seminario de Chieri

El 3 de noviembre de 1835 el clérigo Bosco traspasa la entrada del seminario de Chieri. Los días del seminario son más o menos siempre iguales. Jornadas laboriosas, pesadas, monótonas. A pesar de ser un tiempo de crecimiento y compartir con sus compañeros, a los cuales llegó a querer mucho, Juan lamentará la lejanía de los superiores respecto a los estudiantes. Encerrados en sus despachos, sin contacto, salvo para reprender o regañar: ciertamente que eso no sucede solo en ese seminario; casi en todas partes se exige a los eclesiásticos actitudes se separación y reserva, para evitar contaminaciones mundanas.

En otoño de 1836 llega también al seminario su amigo del instituto, Luis Comollo. Él no es ciertamente un compañero peligroso, al contrario, se comporta como un santo. Su piedad, su fervor, su profundísima fe, con devociones y penitencias hasta excesivas, conquista a todos, y a Juan Bosco en particular. Este intenta ofrecerle también momentos de serenidad y distracción, interesándole en una nueva especie de Sociedad de la Alegría que ha creado entre aquellos austeros muros. Pero Comollo parece no tener ningún interés por lo que se mueve en torno a él. Con Juan son inseparables, aunque este continuó sin aprobar todas sus austeridades, por más que condividiera las convicciones relativas a los deberes del buen seminarista y a las responsabilidades interiores y exteriores de la vida sacerdotal.

La precaria salud y la tensión espiritual hacen que Luis Comollo enferme en otoño de 1838: él está seguro de morir en un año. El 25 de marzo de 1839 llega la crisis final y muere el 2 de abril, a la edad de veintidós años, acompañado por un pensamiento repetido muchas veces: “Lo que me aterroriza es tener que presentarme al gran juicio de Dios”. Juan Bosco contará en las Memorias del Oratorio que él y Luis habían hecho un pacto: el que muriera primero debería volver para hacer saber al otro su destino eterno. Dos noches después de la muerte de Comollo, un fragor espantoso trastornó el dormitorio de los seminaristas y después se oyó la voz de Comollo: “!Bosco, Bosco, Bosco, me he salvado! Muchos años después, Don Bosco escribiría: “No daría nunca más a otros un consejo de este tipo. Estemos bastante seguros de la existencia del alma, sin buscar otras pruebas. Bástenos lo que nos ha revelado nuestro Señor Jesucristo”.

Retomado de: Don Bosco una historia siempre actual. Domenico Agasso