Hablar bien, para crecer bien. En su mensaje para la 51 Jornada Mundial para las Comunicaciones, el papa Francisco escribió -citando al santo Casiano el Romano- que "la mente humana, como una piedra de molino, movida por el agua, no se puede detener. Sin embargo, quien se encarga del molino tiene la posibilidad de decidir si moler trigo o cizaña".

 

Aunque el mensaje lleva el objetivo de exhortar a la divulgación de buenas noticias en el mundo para huir de la desesperanza, el desánimo, el miedo en la sociedad, también cala en el seno familiar porque puede aplicarse a la forma de comunicarnos con nuestros hijos y en pareja.

Acostumbrarnos a decir palabras amables y amorosas a nuestros hijos y pareja es rechazar prejuicios y trabajar por la armonía y, más importante aún, es fortalecer la autoestima de los niños y niñas. Algo tan necesario en una sociedad cada vez más abusiva e irrespetuosa que orilla a muchos a comprometer su dignidad con tal de ser aceptados o amados.

Aprender a felicitar cuando el niño lavó su plato, se vistió a tiempo, agradeció o ayudó a alguien no busca ignorar u ocultar todas aquellas áreas en las que tiene que mejorar o fortalecer, sino que le enseña cómo valorar sus propias fortalezas y asirse a ellas como brújula para hacer contrapeso a su favor, para convertirse en una tabla de salvación incluso hasta de sí mismo.

Agradecer y decir a nuestros esposos o esposas el bienestar que dan a nuestras vidas es un puente para acercarse y fortalecerse porque se buscará repetir esas acciones o se obtendrá mejor actitud para cambiarlas y caminar juntos.

Tener palabras positivas y de afecto para el alumno que detrás de la mala conducta esconde tristeza y necesidad de amor es ayudarle a ver sus aspectos positivos con los que puede aportar al grupo y alejarse de los golpes o burlas.

Elogiar lo bien que luce una amiga o amigo o hacer notar el esfuerzo que ha hecho en alguna de las áreas de su vida es como dar una palmada en el hombro y decir "ánimo, lo estás haciendo bien, vale la pena que te sigas esforzando". ¡Esas también son buenas noticias! No pensemos que el mensaje del Papa no nos atañe porque no somos comunicadores; al contrario, nos envuelve directamente a todos porque la forma en que nos comunicamos, las palabras que decimos y los juicios que emitimos ponen en evidencia lo que hay en nuestros corazones y construyen relaciones, familias y sociedades.

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