MonsRomero Hace poco más de 30 años llegó a uno de los peldaños más altos de la jerarquía católica un obispo en El Salvador que se llamaba Óscar Arnulfo Romero Galdámez.

Rondaba los 60 años de edad y el júbilo por su nombramiento como arzobispo de la capital salvadoreña no fue mayoritario. Ese amor por parte de la mayoría lo fue cautivando poco tiempo después. Sin embargo; su trabajo al frente de la iglesia católica salvadoreña no duró mucho, porque a los 3 años de ejercer su misión como máximo pastor del pueblo salvadoreño fue asesinado mientras decía una misa, con un certero disparo al pecho.

Treinta y cinco años después de dejar inconclusa esa misa la tarde de ese lunes en que fue asesinado en la capilla del hospital La Divina Providencia, decenas de miles de salvadoreños se reunieron para celebrar una misa entera en su honor: su beatificación.

 

Desde donde se le vea, se trata de un asunto trascendental, incluso si nuestro beato Óscar Romero ha sido un desconocido o no ha inspirado nunca ni uno solo de los días de nuestras vidas, o si lo que conocemos de él no sea su verdadero retrato sino apenas su esbozo. Pero, más profundo que el regocijo o el orgullo sentido por compartir terruño con el primer beato de esta parte del mundo, me siento profundamente conmovida por la esperanza que ha logrado resucitar dentro de tantas personas.

 

Tres décadas y media después de haber sido asesinado, es quizá providencial que regrese a ser el centro de los comentarios públicos, políticos y familiares, en un país que, lejos de haberse desecho de la exclusión y la violencia- casi exclusivamente contra los pobres- ha agudizado su sufrimiento por hambre, carencias, persecución y muerte, con una cifra promedio de 22 personas asesinadas cada día. Esta vez, Romero está presente sin estarlo físicamente. Como quien resucita, como que se cumpliera aquella promesa que un periodista escribió citándolo, dos semanas antes de su muerte: "Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño".

 

Ese pueblo salvadoreño lo añora. Le prenden velas, cierran sus ojos y piden con fervor que interceda para conseguir un milagro de paz para su país. Le siguen encomendando un gran trabajo, uno que en realidad nos corresponde también a cada uno de nosotros. Eso es conmovedor. Fue asesinado hace 35 años y los angustiados e impotentes siguen estando y lo buscan, acuden a él, siguen con la esperanza prendida a su voz ahora ascendida a los altares. Eso revela la profunda necesidad que hay y que los desafortunados siguen siendo mayoría en El Salvador.

 

A pesar de los años transcurridos y los cambios políticos y avances aislados, el cambio profundo, de raíz, que pedía Romero desde el altar de la catedral metropolitana sigue sin ocurrir.

 

No se trata de religiones. Se trata de amor, y no de un amor superficial. Se trata de un amor de acción, valiente, sin temor, de grandes sacrificios, dispuesto a todo. Eso es de pocos. Romero, sin duda, es de esos pocos que supieron ver con claridad y seguir a la perfección las enseñanzas de Jesucristo.

 

Pero no solo debe ser de Romero el milagro de un mejor país. El reto es que la sustancia de su mensaje no quede en estampitas descoloridas, en benevolencias que no trascienden más allá de la comodidad de las congregaciones, parroquias, iglesias o sofás de las salas de nuestras casas. Hay que ir profundo y encontrar ese valor para actuar desde los sillones de nuestras casas, las sillas en los trabajos, la convivencia en las calles, las iglesias, parroquias... Allí está el milagro por el que se pide intercesión, en la lucha cotidiana para construir justicia y paz, para que dejen de ser utopías y se asomen al horizonte para seguir caminando en dirección hacia ellas.

 

Romero es beato por su cercanía a los pobres y porque lo mataron por odio a esa manera de vivir la fe. Es cierto que eso es amor, pero al amor tienden a no bajarlo de la superficie y Romero fue martirizado no por superficial, se convirtió en mártir porque profundizó en ese amor y desafió con valentía hasta a la misma autoridad eclesial de su época.

 

Que no se nos decolore tan pronto nuestro beato. Que no le pase lo que a muchos santos: sus actuales promotores los pregonan celestialmente, pero al terminar de hablar van y se resguardan en sus cómodas casas de hermandad, muros intracolegiales, oficinas de gobierno o de oenegés y conventos. Aquellos pastores que están en este momento rodeados de personas que se sienten abandonadas y que están quebrándose la cabeza y corazón para sacarlos de ese abandono y rechazo, son los pastores que de verdad están siguiendo los pasos de Romero y, por supuesto, del mismo Jesús. Esas son las huellas que hay que saber ver. Y esas se encuentran cuando bajamos la mirada al sendero, no cuando la mantenemos perdida en los espejos y burbujas de nuestras realidades.

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