familia La construcción de una familia es un esfuerzo que cuesta una inmensidad y que lleva a sus miembros por un altibajo de circunstancias: desde aquellas más oscuras en las que aflora lo peor de uno hasta los subidones en los cuales somos las mejores personas que pueden habitar este planeta.

Simplificar el concepto de familia es una tentación muy resbaladiza. Tenemos infinitos significados de ella; pero, digamos que por lo general estos van desde nuestra ancla y puerto hasta nuestra celda y grillete. Ambas cosas son ciertas, con todo y los tonos de grises que hay entre ese blanco y negro. Creer que todo es siempre feliz y armonioso es tan irreal como injusto. Todos damos palmaditas en la espalda, halagos y quizá hasta sonrisas con envidia cuando las cosas van bien. Pero, ¿cuando las cosas van mal y nos piden ayuda? No siempre somos tan sonrientes y dispuestos. Afortunadamente hay la certeza de corazones dispuestos a la comprensión y apoyo. Eso es lo que hay que preocuparse por buscar y forjar. 

En la búsqueda de respuestas, guías y directrices en medio de las cuestas arriba que mi esfuerzo familiar me implica, he acudido a numerosos artículos especializados, blogs y opiniones, así como también a un par de consejos también especializados o de amistades. En ese recorrido he encontrado algo que me parece importante de reflexionar: mientras más lejana es la percepción que se tiene, más simples, desinformados y hasta crueles son nuestros criterios. La falta de empatía nos nubla a la hora de entendernos, nos hace trampa, nos hace tropezar y de allí en adelante todo puede volverse un caos.

Ya sé que en esta era digital todo adquiere una pátina de ligereza, fugacidad y superficialidad. Pero no se trata solo de una superficie, es una muestra de nuestra sociedad, de nuestro país, nuestros compañeros de trabajo, amigos o familia y hasta de nosotros mismos. Pues, como les iba contando, en mi búsqueda de información encontré la consulta que hacía una mujer a un renombrado psicólogo español en su sitio web. La mujer estaba pidiendo ayuda sobre un conflicto originado por los hijos en el matrimonio.  Exponía las diferencias entre ella y su esposo surgidas por la convivencia con las hijas de este último. Lo leí con avidez porque ese tipo de dilemas son cotidianos para mí, que vivo también dentro de una familia integrada. Comprendí a la mujer y sus sentimientos y también comprendí la respuesta y razones que le dio el especialista... Pero también leí los comentarios. Apartando a los que aprovecharon la valentía de la mujer en su confesión para hacer sus propios desahogos similares, todos o casi todos la acusaban de egoísta, de no estar a la altura de la situación porque ella era la adulta allí y la juzgaban por ponerse al nivel de las niñas, también estaban los que le decían que para qué se metió a hacer familia con un hombre que ya tenía hijos y, por supuesto, no faltaron los que le dijeron que saliera corriendo de allí, que estaba loca.

Nadie entendió que ella estaba allí por su propia voluntad, que estaba pidiendo ayuda porque quería arreglar una situación, que amaba a su esposo pero que le era extremadamente difícil aceptar muchas situaciones que tenían que ver con su hija. Todos la juzgaron y ella solo estaba pidiendo ayuda. ¿Así somos en nuestra vida diaria? ¿Nos piden ayuda y devolvemos juicios desproporcionados y condenatorios? ¿Somos incapaces de ver lo difícil que es hacer familia y lo loable y valiente que es querer tenerla a pesar de lo que cuesta?

Lo relativo a los hijos es de las cosas más delicadas que puede enfrentar un matrimonio. Ya sean estos hijos solo del matrimonio o de relaciones anteriores. En este mundo en el que vivimos no tenemos únicamente familias integradas por mamá, papá y sus hijos. Tenemos mamás solteras, papás solteros, padres y madres con hijos propios y ajenos, hijos abandonados y criados por abuelos o tíos; padres, abuelos, tíos, sobrinos, hijos y primos viviendo todos en una misma casa. Para todos ellos hay límites y creo que estos deben asumirse con respeto.

Hagamos uso de la empatía. Seamos sensatos. Desde nuestras comodidades y criterios es fácil hacer leña cuando cae el árbol de los demás. Pero no olvidemos que solo ese árbol sabe lo difícil que ha sido estar en pie, estar sembrado en el terreno que está. Hacer familia no se trata de aguantar atropellos a la dignidad, se trata de asumir una tarea ardua y constante teniendo como base el amor y el respeto por igual. No perdamos de vista que cada quien puede dar lo que ha recibido. Si alguien da insensatez es porque eso ha recibido. Pero si damos insensatez cuando hemos recibido más que eso y hemos conocido el amor, no deberíamos permitirnos dar menos.

Detrás de una familia siempre hay trabajo duro y mucho sacrificio por parte de sus miembros. Vencer temores, soberbias, altanerías, superficialidades e individualismos es un gran esfuerzo que vale la pena hacer para que surja una familia sólida y amorosa. Sepamos que cuesta, estemos dispuestos a asumir ese esfuerzo y respetemos el nuestro y el de los demás. Los dolores se sortean mejor cuando alguien nos lleva de la mano porque ya no tenemos fuerzas para seguir en pie, o cuando nos prestan el hombro para llorar. Seamos, entonces, esos brazos y esos hombros. Solo así podremos ver con respeto y apoyar a nuestros vecinos, amigos, compañeros, compatriotas, migrantes, desprotegidos y minorías. Vale la pena.

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