mantener el matrimonio... Recientemente, durante al menos dos conversaciones distintas entre madres y amigas, surgió el tema de la separación o divorcio.

Argumentos y reflexiones comenzaron a surgir alrededor de esto y es inevitable pensar y notar cómo en realidad defendemos más este tema que el de la indisolubilidad de la unión de dos personas que se aman y quieren formar una empresa familiar. Es por eso que me puse a pensar en razones –mundanas o racionales si quieren- para defender el matrimonio:

Una de las primeras y principales razones son los hijos, en el caso de que los haya. Paradójicamente los hijos son el mismo argumento para las separaciones. Pero se nos olvida que ante la encrucijada que nos obliga a elegir entre “les hago daño separándome, pero también estando juntos sin amarnos”, está una tercera vía que es la de intentar arreglar las cosas.

Casarse o establecerse como una pareja que funda una familia es un compromiso adquirido de ayuda, compañerismo, aceptación, acompañamiento. A lo largo del camino hay que mantener la palabra de  no traicionarse mutuamente, de no abandonar al otro. Y esto justamente es lo que cuesta, y un montón.

Al separarnos o divorciarnos, creo yo, no estamos arreglando las cosas tan fácilmente. Las complicamos. Y se los digo desde el seno de una familia integrada donde hay hijos de diferentes madres. El vínculo entre una pareja con hijos no se disuelve al separarse o divorciarse, es por esos lazos que nos vemos forzados a hacer malabares para convivir con costumbres, herramientas y valores diferentes. No estoy juzgando aquí si son buenos o malos, simplemente los estoy poniendo sobre la mesa como un trabajo realmente arduo que requiere muchísima voluntad y esfuerzo. Si cuesta trabajo entenderse con la pareja, cuesta mucho más agregar a esa órbita todas las necesidades y desafíos que implican los  hijos.

Vivir en matrimonio, en pareja, no trae consigo únicamente desafíos y retos. Es importante y un alivio tener a la par a alguien de nuestra entera confianza para rebotar ideas al tomar una decisión difícil, resulta balsámico que alguien nos alcance un vaso con agua o una sopita cuando estamos enfermos. Nos quitamos un peso grande de encima cuando podemos turnarnos para llevar o traer niños al colegio o cumplir con trámites administrativos de casa.

Sé que pueden parecer cosas de menor relevancia y tan cotidianas que cualquiera nos las puede facilitar. Pero, esas pequeñas cosas y cuidados cotidianos ayudan un montón a reforzar la unión. Eso, cada día, es hacer honor a la promesa de no abandonarse, ni traicionarse, a cuidarse cada día.

Finalmente, si es nuestra manera de resolver o evitar problemas, nuestra intolerancia o algún conflicto individual no resuelto el que está a la base de la falla en una unión de pareja, esta incompatibilidad surgirá con cualquier otra persona con quien emprendamos una empresa familiar. Además, los defectos y cosas desagradables son patrimonio de todos los seres humanos, así que huir del que tenemos a la par no nos evitará esos líos.

Todo esfuerzo cuesta, y el de mantener el hogar para el bienestar de los hijos y el propio es de los que más valen la pena. Es cierto que hay situaciones insostenibles y a nadie se le exige vocación de mártir para sobrellevarlas únicamente por obligación, pero el hecho de que los niños tengan que compartir hogar y que las parejas tengan que lidiar con problemas adicionales es también muy complicado como para saltar a las primeras de cambio.

Es por eso que, en mi caso, elijo hacer lo posible por demostrar a mi hijo que todo requiere esfuerzo, que todo cariño, persona o juguete merece nuestro mejor cuidado y que cuando las cosas están rotas o deterioradas se arreglan y no se tiran. Si aprenden a hacerlo desde pequeños y en su vida cotidiana, tengo la esperanza de que será su filosofía de vida para la compleja vida de adultos.

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