manos El 10 de diciembre del año pasado descubrí que tenía un tumor en el cerebro. Los primeros minutos me los pasé pensando que el tenerlo era incompatible con el hecho de ser madre de quien para mí es el mejor niño de 4 años sobre la faz de la tierra. No podía imaginar siquiera la posibilidad de que hubiera algo que nos pudiera separar. Después de que el neurocirujano concluyera que, afortunadamente, se trata de algo que tiene solución, comencé a aceptar mi diagnóstico. Este proceso de aceptación continúa a ya casi medio año de tratamientos y una lenta pero satisfactoria recuperación.

Descubrir este tumor ha traído algunas cosas a mi vida y también se ha llevado otras.  Y es por eso que este fragmento de mi presente se ha convertido en una metáfora de la vida entera. Aunque no se ha llevado por completo mi salud, sí me ha quitado parte de la normalidad de mis funciones, movimientos y cotidianidad. Tuve que acostumbrarme a estar en cama, a dejar de cargar a mi hijo y a no jugar con él, a necesitar ayuda para lavarme el pelo y hasta tener siempre a mi lado el brazo de alguien para poder caminar. Aunque a la vuelta de varios meses he recuperado gradualmente mucho de mí misma, este tumor me ha quitado independencia y al mismo tiempo me ha traído un poco de paciencia que me ha servido para aprender que cada situación y aprendizaje tienen su momento oportuno. Incluso la salud: aunque te cuides y hagas todo lo que debes hacer, tu cuerpo recupera su salud a su propio ritmo, en su instante oportuno.

Cambiar drásticamente de estilo de vida, tener que depender de los demás para casi todo y lidiar con mareos y vértigos, me ha traído una cuota extra de mal carácter y amargura; y, sin embargo, ha sido una buena lección de humildad. Me  ha puesto enfrente a un esposo que, con el esfuerzo de una cuesta hacia arriba, ha tenido que asumir las responsabilidades de las tareas que antes eran nuestras, de dos.
Para depender hay que aprender a recibir y agradecer. Estoy aprendiendo a recibir el amor, la preocupación, el apoyo y las palabras de ánimo de los amigos, a dar gracias por eso y a entender que es el momento de aceptar sin reproche porque ya llegará el momento para dar.
Entre esteroides y una recuperación bastante sedentaria he ganado varias libras pero estoy aprendiendo a quitarme de encima el peso de tener que entregar tiempo, energía y ánimos para esfuerzos, actitudes, situaciones y personas poco edificantes. Comienza a salir a flote solo lo que vale la pena, lo demás se hunde por su propio peso.

Puedo decir que lo mejor que me ha traído este tumor es el chance de cicatrizar dándome la oportunidad de ser hija y tener los cuidados de mi mamá y el respaldo y afecto de mi papá. La certeza de mis hermanos conmigo resolviendo mi vida me ha mantenido ya tantos días en pie.
También he tenido que quedarme en casa y apenas empiezo a descifrar cómo disfrutar de esto en compañía de mi hijo.

Por contradictorio que parezca, este tumor no solo ha quitado cosas de mi existencia, también me ha traído fuerza para hacer algunas cosas y eso lo ha convertido en una metáfora de la vida entera, porque nada es bueno o malo, solo nos ocurre y trae consigo unos momentos tristes y otros agradables, situaciones incómodas y solidaridad al mismo tiempo. Nos revela lo mejor y lo peor de nosotros y de lo que nos rodea. Y justamente eso es lo que nos obliga a  aprender a vivir con lo que somos y a sumar al mismo tiempo que a restar.

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